domingo, 20 de abril de 2014

ECUATORIANOS CONSUMEN 16 MILLONES DE CANGREJOS

La marea del estero Salado sube cada mañana y desata el olor a mariscos, que a muchos guayaquileños inmediatamente invita a consumir productos del mar, especialmente los cangrejos.
El calor y el ambiente viscoso no incomoda, unos llegan a pie, otros en carro, unos aguantan sol, otros blindados del caos de la calle, pero en tal estado de exaltación, los medios no importan siempre que el  crustáceo, objetivo gastronómico, tenga sus 2 extremidades dotadas de alimento.
Por una plancha de cangrejos, la bajada del puente que une la avenida Barcelona con la de Portete se convierte en un hervidero. A las 09:00 una fila  de carros, al menos 8 carros, logra ingresar al mercado de mariscos. Mientras que, otro grupo de vehículos se amontona  cerca del portón de acceso .
“Siquiera unos 60 carros ya han entrado”, dice Mary Castillo, encargada de mover el cono anaranjado que controla l de los compradores.
Son días de Semana Santa y la tradición religiosa de no comer carne es también pretexto para compartir entre amigos y familiares este producto del manglar, tan alimenticio para el cuerpo como para el espíritu, sobre todo  si se acompaña de 1 cerveza como tradición ecuatoriana.
Pero en estas jornadas de penitencia, si algo se pone a prueba es la voluntad de los clientes para extender su presupuesto y entregarse al placer de una buena mesa de estos crustáceos que, si bien luego de un  mes de veda alcanzaron los 7,5 centímetros obligatorios para entrar a la olla, también lograron cotizarse alto.
La queja es general. El cangrejo está caro. Según Norma Guzmán, comerciante del mercado, son los cangrejeros -aproximadamente 2.215 hombres que se internan en el lodo del Golfo de Guayaquil en busca de  la especie Ucides Occidentales-, los que se han enseñado a vender cara la plancha. “No es justo porque viene gente a comprarse un atadito que antes vendíamos a $ 10 y lo encuentran en $ 15”, afirma.
Guzmán, mujer de rostro tostado por el sol, recuerda que comenzó hace 48 años a vender cangrejos cuando un atado costaba 60 reales, por lo que no está convencida de que el aguaje ocasione que una plancha se venda al menos a $ 80 a los clientes.
Los comerciantes aseguran no mentir -tal cosa sería reprochable en tiempo de recogimiento espiritual-, por el contrario, aseguran ver con ojos piadosos a sus clientes y comerciar lo más barato posible.
“Ahorita tuve que venderle medio atado a una chica embarazada”, cuenta la comerciante, mientras una persona escucha con expresión de desamparo.
María Zambrano, oriunda de Manabí, observa su mano en la que estrecha $ 50, luego da un vistazo a la plancha de $ 80 y sabe que la merienda familiar que había organizado no será posible. Con esos $ 50   también pagará el taxi hasta su casa en Mapasingue, pero no alcanza.
Aun así, en los mercados de Guayaquil, los 16 millones de cangrejos que se comercializan al año -según el Instituto Nacional de Pesca (INP)-, son los que mandan y hacen que la dinámica vendedor-cliente se acomode a las necesidades de cada quien, de lo contrario no se hubiera generado $ 100 millones en 2013.
A Luis Brito, sus familiares lo esperaban en Ambato para una cangrejada a 2.500 metros sobre el nivel del mar. “Mis familiares me pidieron que por favor les lleve porque allá no tienen la posibilidad de comer siempre”, expresa.
En virtud de tal compromiso  compró media plancha por $ 60.
Viviana Moreno, nacida en Quito, lleva dos atados, con los ingredientes  de siempre, hierba, cebolla y especias, pero lo principal será compartir en familia.
“Todos vienen con ganas de comer cangrejos, unos se quedan y otros se van”, expresa Guzmán.
Claro hay quienes prefieren resistirse al consumo desenfrenado sin importar el costo. Luis Reinoso, nacido en Quito, casado con una guayaquileña y militar de profesión, cree que ese intercambio de regiones familiar lo llevó a conocer mejor los sabores costeños, pero de momento el costo es exagerado.
“Siempre compré a $ 12 el atado y ahora estamos a $ 20, cerca del 50%. Es demasiado, se debe pensar en los consumidores”, afirma antes de regresar a su casa.
Restaurantes
Llegada la tarde en la ciudad, la actividad cangrejera se traslada a los restaurantes desplegados en el sur, centro y norte de la urbe.
El sonido de una salsa proveniente de un puesto ambulante de CD y el aroma a cilantro y orégano hirviendo, le dan una atmósfera particular a la intersección de las calles Los Ríos y Pedro Pablo Gómez.
En el local Ochipinti,  ubicado en el sureste de Guayaquil, con 45 años de vida, Esteban Briones le encuentra otra explicación a los precios: la ley de la oferta y la demanda propiciada por la “desesperación” de los guayaquileños por comer el  crustáceo. Opina que los precios se normalizarán el próximo mes.
Para atraer a la clientela, allí se expende por $ 12 el llamado ‘bombazo’, que consiste en 4 cangrejos pequeños y 2 grandes. Diariamente este local consume entre 4 o 5 planchas de cangrejos de 48. El precio alto no hace mayor diferencia.
Los clientes son diversos, familias, oficinistas y políticos, sin pasar por alto a las parejas furtivas, esas que se acomodan en la luz tenue del fondo del  local y hacen que alguien nos advierta sobre lo “delicado” de tomar una fotografía. Aunque las propiedades afrodisiacas del crustáceo sería motivo de otro análisis.
Sin embargo, viéndolo bien, el cangrejo es un dictador, un alimento autoritario, que impone su presencia en la mesa sin mayor negociación. Rompe las reglas del ahorro familiar y también las de etiqueta. Nadie se incomoda por comer con las manos, morder o emitir ruido.
Cuando hay un cangrejo,  no importa la condición social y económica, todos sucumben a su influjo.

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